sábado, 26 de julio de 2014

Exigencia y tregua.


La vida se debate entre estos dos polos.
Yo que soy un poco creyente prefiero decirlo asi: Dios te exige, y Dios te da tregua.
Si tu Dios es sabio, pues el balance te dará buenos resultados. Pero si no, podés pasarla muy mal. Déjenme proseguir con la explicación.
Cuando la primera, es decir la exigencia, prevalece, el aire comienza a faltar. Los hijos de tu frustración se comen entre sí, como insectos caníbales. La simple perspectiva de no parar nunca te mortifica, Dios pone la zanahoria adelante tuyo y pensás que hay que correr sin parar, cada vez más rápido, hasta que los huesos se pulverizan uno a uno y los músculos se acalambran para alcanzarla. Ojo con eso.
En cambio, si el segundo se vuelve demasiado grande, el flan te devora, y no hay libro de autoayuda que te vuelva a tu estado normal. Claro, no hay que ser ningún genio para saber que si no te esforzás no podés llegar a ningún lado. La mediocridad te toca la puerta y vos la invitás a pasar, le hacés un sánguche y luego le presentas a tu familia y amigos.
El Dios ahi arriba juega un papel muy importante. No te hablo de un Dios como el de la biblia, sino de uno que no tiene forma, ni coeficiente intelectual, ni nada que se le parezca. Es un Dios juguetón que como un nene a su títere, puede manejarte con hilos hasta un punto insoportable en que gritás ¡Basta, basta!
Él, y solo él, puede con su capricho dejarte bien parado en esta pelea.
O volverse un sinsentido.
O mirar a los ojos al diablo y robarle una pesadilla.
O crecer como crece la fruta seca en el desierto.


Atte.
Confite

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